Publicado
en El Extramundi y los Papeles de Iria Flavia, nº 4, Invierno de 1995.
10.-
OPEN DOORS
Lentísima
urdimbre; así van enlazándose todos los hechos. Van ligándose palabras a actos
como etiquetas. Siempre en el mismo cuarto en el que acabo escribiéndote. Puedo
no acordarme de tus ojos u olvidar tus transformaciones, pero hay un olvido más
conjunto, que sospecho que se refiere a tu alma, al tinte peculiar que tomaban
las cosas y que aún se medio olfatea desde este balcón.
En
realidad, la semana que pasé en Roma no estabas tú. También recuerdo que no
pude decir (a nadie) lo eterno que me pareció San Pedro.
Debo
de tener columnas apolíneas en mi pecho, un ansia de estatismo y viento sereno
para parar esta aceleración. Se producen con precipitación todas las pérdidas,
en un corto periodo de tiempo. No hay margen para con palabras poder
resumirlas, hasta que vuelvo a encontrarme en un escaparate, en los espejos de
las zapaterías, rodeado de otros clientes. Quisiera explicar que no soy yo. Es
mentira que me haya crecido la barba, porque soy más antiguo. Constante desde
mi primer uso de razón: aquella vieja instantánea de un sereno, de noche, a
través de la ventana abierta. El calor irrefutable del cuerpo de mis padres,
aún tan jóvenes. Jóvenes como lo soy ahora yo mismo y sin embargo tan arcaico.
Me parece haber tenido las mil vidas de inconsciencia hasta este mismo segundo,
en que escribo: “No soy yo”.
Idéntica
certeza negativa la de no tenerte en cuenta. La de hacerte accidente, no parte
esencial de este irradiador centro, que es mi yo. Yo oculto en la intensa
contingencia. Porque hay aire matinal que podría entintar toda mi vida y
hacerme el mismo hombre desesperado, cobarde y extraño que soy ahora. Sin
embargo, tengo notas de días felices, en que los plazos juegan a mi favor.
También la promesa en las caras de mujer con las que soñé vivir y, la verdad,
sería tan fácil.
Cúpulas.
Veo ahora cúpulas, capiteles, un delineado casual que se hace consistente. Ni
una sola influencia de algo que no sea yo mismo y ese ser antiguo que lo sabe
todo, pero que prefiere no revelar. Porque otra catástrofe, una más de muchas,
entorpecería el sueño, la ficción que traman las endorfinas, que llamo
ambiente.
Publicado
en Barcarola, 51-52, Diciembre de 1996.
Es difícil volver a la patria de uno.
Volver así de solo,
para estar solo en la patria de uno.
¿Esta patria es la soledad?
Si es la soledad nada se explica,
porque hay compañía en el barco
y algún viajero que pregunta por sólo
hablar.
Para hablar del cielo
azul, que es siempre y sólo azul.
De un cielo azul que no puede ser de
otra forma
más que un cielo gris de día gris que ni
siquiera acaba en lluvia.
Siempre está a punto de llover
y no llueve.
¿Por qué será?, pregunta el viajero
amable
realmente sorprendido de lo acertado de
la afirmación.
Por el regreso, afirmo, viajero
amable.
Pero he aquí lo insólito primero:
es una mujer ese viajero.
Lo insólito segundo:
esa mujer eres tú.
Publicado
en Turia, 51-52, Diciembre de 1996.
5
Viajar,
propiamente dicho, es olvidar la mugre en los quemadores. Tren, piano y la
banda de Duke Ellington. ¿Qué hicimos en estos 64 años? ¿Qué hicimos para
merecer que las calamidades cesen? A cofee advertisement vale por tu cara
serena, sedación que se demuestra en la persiana tendida. Yo ya no soy el que
vivía en los pueblos, aquel niño de las sobremesas veraniegas, que vaga a la
sombra finísima de los garajes verdes. Sospecho que he sido extraído, aunque,
¿de dónde? Viajar, propiamente dicho, es recobrar algo de esa inocencia. Por el
método de ensayo-error, en agencias turísticas que prescinden de sutilezas por
mil duros. Tren, piano y la banda de Duke Ellington para anunciarlo, para
correr la voz. He vuelto.
Publicado
en Por Ejemplo, nº 8, Octubre 1997-Abril 1998.
ESTOY CALMADO.
Tengo tiempo para mirar cómo juegan los
gatos,
para descorrer con los dedos dos
centímetros los visillos,
asomarme al día.
Cada esencia, posada en cada cosa
idéntica a sí misma,
ánimo embalsado en la roca aparentemente
inerte;
pero hay un ojo invisible, como de búho
que me vigila a mí.
Estoy calmado. Cumplo
con mi armónica promesa. Juro
no volver a ansiar.
Prometo echarme en la hamaca al
sonámbulo rodar del dial,
al susurro mórfico de la radio,
contaré vellos en las galerías de la
ciudad de dios,
los laberintos congelados de la
inteligencia,
al solo calor de los conceptos.
Tibieza de la física,
agua termal del grifo modernista de la
ciencia:
distancia entre dos puntos,
impulso necesario para catapultar un
móvil,
campo magnético necesario para invertir
los polos...
Estoy calmado. Tengo
en mi abdomen la dilatación de todas mis
digestiones.
Tragué silencio,
sinfonía metálica en la avenida sin
límites,
tragué este suero:
el alimento solar de todos los
inviernos.
Publicado en Cuadernos del Matemático,
nº 16, Mayo 1996.
Tú,
con la nervadura tensa del presente:
entro en ti como se entra en una
fantástica cueva.
(La misma sensación de paredes estrechas
y luego el deslumbrante hall rocoso).
Espacios amplios
y la precisión geoplástica de las
floraciones cristalinas.
Tú como gema.
Tú como espacio.
Tú como labios,
cuerpo mórbido y músculos temblorosos,
en tus ojos se lee como se lee en un
estanque de agua,
como en un agua quieta muchos siglos:
sin limo,
sin impurezas,
sabe a cal y a yeso,
no se apaga esta intensidad y fuego,
ese rojo aliento que acrece las
aguamarinas.
Publicado en Cuaderno Ático, Revista
de Poesía, Nº 7, Otoño de 2016.
UNA EVOCACIÓN CUYO MÉRITO CORRESPONDE A
BOBBI HUMPHREY
Veo la chispa que dibuja curvas en la
noche
engarzada de abalorios,
los faros de los coches ocupados por
promesas,
amigos, parejas que se acarician.
Hay una enorme vida en los amantes que
se tienen a distancia de amor.
La ciudad ha sido pintada en ese
elegante negro,
esconde sorpresa en su continuo de
perspectiva caballera,
en su dédalo de aceras que conducen a
locales irradiantes,
los corazones múltiples del alabastro
cuerpo insecto de la noche de dura baquelita.
Aprovechemos el brillo. La realidad de
que, nuevo,
el brillo de los taburetes coronados por
un dry martini,
un aromático gin tonic en la copa para
beber el gozo de estar,
la música que rueda entre pulcras
escalas,
fingiendo misterios, son todos para
nosotros.
Hay muchos pequeños cuartos para
encontrarse, ventanas
que abrir para observar el reflejo de
plata sobre las azoteas
cuando se tiene el bienestar de justo
después.
Hay salones cubiertos de la moqueta
tramada
para deslizarse en silencio, hasta el
rincón
donde la luz escasea
y las palabras se pronuncian como manos
que tocan la nuca,
donde arranca la cálida melena.
Todo lo dicho no tiene la más mínima
importancia,
a esta hora justa se tiene el
salvoconducto
de una ropa elegante y una media sonrisa
de agrado,
la seguridad de que mañana, borrado el
hechizo,
blanqueadas las calles con el nuevo
comienzo total,
los cronómetros llevados a cero,
será un largo día glorioso.
¿Cómo, contigo y aquí, no va a serlo?
Publicado en Cuaderno Ático, Revista
de Poesía, Nº 9.5, Primavera/verano de 2018.
La década del Glam dejó un rastro de nostalgia sintética
Si sonara un piano,
volveríamos a los años sin ansia, desactivado el miedo.
Si sonara un piano,
habría mujeres oscuras esperando
querernos, con su beso mortal y su mano que busca bajo un pliegue
peligrosamente.
Si sonara un piano,
miraríamos más allá del fino cristal
de la ventana antigua, buscando vian-dantes que caminan bajo paraguas,
espectros de un tiempo muy triste.
Si sonara un piano,
los cantantes hirsutos, vestidos de
seda, girarían su rostro bajo focos hacia una imaginaria luna.
Si sonara un piano,
la guitarra de Starman, haríamos lo posible por ser ingrávidos, los gimientes que
flotan sobre el paraíso perdido, la infancia de amor.
Si sonara un piano,
buscaríamos nuestro palacio de
terciopelo y skay tela, la piel sintética con la que abrigarnos del filo del
viento.
Si sonara un piano,
serenos, por completo enteros,
hablaríamos de tramas secretas, el misterio que esconde joyas que refulgen como
un intenso plástico, donde la fiebre.
Si sonara un piano,
los timbales de Can the can, emocionados besaríamos los labios glossy y posaríamos
el índice sobre el párpado con sombra azul o verde, hasta rozar las pes-tañas
postizas.
Si sonara un piano,
con ánimo de cisne, se deslizarían
sobre un lago los coches tibios y empañados del sábado noche, lotos donde
germina el fruto de piel rosa.
Si sonara un piano,
sin sol, en la noche alfombrada de
humo, aparecerían las formas imprecisas del amor perdido, que es posible
recobrar.
Si sonara un piano,
anticipando el vibrante himno, volveríamos
a estar en la sucia cabina de la última llamada y podríamos remediarlo todo.
Si sonara un piano,
volvería a aparecer con la blusa
abierta y blanca del candor, en la puerta del cine, sonriendo a los duendes
pícaros de la juventud más dulce, junto al mármol, donde hay un cartel que
anuncia el drama de la semana siguiente.
Si sonara un piano,
siempre volvería.
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